8M
Sé que casi siempre que me lanzo
a escribir me refiero a la infancia, pero es que es un punto de partida para
entender lo que soy, las cosas que hoy pienso. Cuando yo era niña, estudiaba en un
colegio público, pequeño y que me ha dejado muy buenos recuerdos. Allí, cada año,
celebrábamos el 8 de marzo día de la
Mujer Trabajadora. En esas jornadas las chicas nos sentíamos más importantes
que los chicos dentro de la clásica tensión niños y niñas, y podíamos hacerles
callar con todo el derecho que la efeméride nos otorgaba.
Entre nosotras resurgían alianzas
entre viejas enemigas y todas presumíamos de pulseras y accesorios varios de
color morado. Sin embargo, nuestras profesoras nos recordaban que se celebraba
el día de la Mujer Tra-ba-ja-do-ra,
poniendo así el acento en la lucha por los derechos conseguidos en pro de una
igualdad entre hombres y mujeres, una conquista social de la que nosotras (y ya
nuestras madres) gozábamos. Ese día en clase razonábamos sobre nuestras
diferencias, sobre lo que quedaba por hacer, aprendíamos cómo las mujeres que vivieron
antes que nosotras no tenían oportunidad de educarse, de formarse y accedían a
trabajos menos cualificados e intelectualmente menos complejos. También
aprendíamos que en otros países seguían
existiendo estas diferencias y los niños de mi clase, especialmente las niñas,
nos sentíamos afortunadas e indignadas frente a la mirada de escenarios tan
injustos.
A pesar de este recuerdo, hoy me siento mucho más próxima al colectivo de
los autónomos que al de las mujeres que hoy salen a manifestarse, y perdonadme este salto radical.
Voy a intentar hacer una pequeña
reflexión sobre este tema, desde un punto de vista del que no me hablaron en el colegio, y que
fui descubriendo por mí misma: la importancia de la relación de las mujeres con los hombres.
¡Qué ingenua fui! ¡Qué fácil me
parecía todo!
Lo que nadie me contó y que tuve
que ir descubriendo es que hay muchas vidas dentro de una vida, y me explico:
cada mujer tiene unas necesidades diferentes dependiendo del momento vital que
está atravesando, y esas necesidades articulan una relación con el sexo
opuesto. Cuando era pequeña, tenía mucha más afinidad con mis amigas pero la
relación con los chicos de mi clase era de camaradería, nos tratábamos como
verdaderos compañeros de juegos. No nos imaginábamos un aula los unos sin los
otros, y sin embargo no experimentábamos por nadie esa tensión de necesidad que
luego, años más mayor, sí que empecé a sentir.
Durante la adolescencia la cosa
cambió, lógicamente, y de alguna manera me mantuve unos años extremadamente
preocupada por lo conveniente (por utilizar alguna palabra que se acerque a lo
que sentía) que resultaba mi cuerpo y yo misma. Tuve verdaderas dudas acerca de
la posibilidad de encajar con un hombre. Me obsesionaba la idea del rechazo y
atribuía a mi cuerpo facultadas extraterrestres capaces de alejar al más
desesperado. Con lo cual mi relación con ellos se movía entre la adoración al
ser supremo que podría confirmar mi femineidad, y el terror a que pudieran descubrir mis taras.
Con los años, y gracias a mi
trabajo, he descubierto que ésta es una etapa bastante común. Muchos
adolescentes necesitan pasar por su primera experiencia sexual para comprobar
que funcionan. Ese paso para mí fue fundamental y marcó una etapa distinta en
esas relaciones. Digamos que lo que vino después fue una etapa de liberación y
acercamiento a los hombres desde muchos lados diferentes.
Sin entrar en detalles, aún pasarían
bastantes años hasta que empezara a
plantearme que me gustaba estar cerca de un hombre, que me daba tranquilidad,
que me aportaba confort, y que hacía mi proyecto de vida más atractivo. Parece mentira que algo tan natural como desear estar con
un hombre se haya convertido en un verdadero calvario para la mente de muchas
mujeres.
Lo que descubrí y fue una
liberación para mí fue que las mujeres
necesitamos de los hombres. Las mujeres, por lo menos las que nos sentimos
físicamente atraídas por ellos, necesitamos aunque sea en el peor de los casos
al hombre para terminar de explicarnos. Los hombres van a representar siempre
un personaje dentro de la mente femenina, de alguna manera son el contrario, el
yin y el yang o como se quiera ver. Tenemos
destinos entrelazados, nos guste o no.
Muchas de las mujeres que hoy
salen, las que promueven esta huelga, tienen también una fuerte relación con el
hombre pero mucho más perturbadora y controvertida. A veces más cercana a esa
que he descrito antes, la de las adolescentes en guerra con el mundo. El hombre
no es hombre, es un macho dominante y opresivo que no tiene en cuenta a la
mujer y sus circunstancias. Para ellas los hombres existen a un nivel mucho más
poderoso, y están muy rabiosas por ello. Las mayores contradicciones vienen de
esos estados.
Pero creo, y de ahí que no me
identifico con ellas ni con su lucha, que esa relación está condicionada por
una conflictiva consigo mismas.
Yo no creo que las relaciones
entre hombres y mujeres sean sencillas, ni de una vez para siempre. Estamos en
constante evolución y nuestras relaciones también lo están. También creo que la
biología nos condiciona y debemos asumirlo, pero lo que no debemos asumir y por
lo que debemos movilizarnos es para que no condicione el mercado laboral.
Por mi parte sigo mi lucha, que
consiste en ir entendiendo qué quiero y qué quieren mis pacientes, para poder
seguir mi vida con ilusión.
Nota: quiero dejar claro que esto
es una reflexión personal que no pretendo imponer a nadie mi razonamiento. Y que si alguien
siente el deseo de discutirme algún punto de vista, lo haré encantada.