viernes, 8 de marzo de 2019

8M


8M

Sé que casi siempre que me lanzo a escribir me refiero a la infancia, pero es que es un punto de partida para entender lo que soy, las cosas que hoy  pienso. Cuando yo era niña, estudiaba en un colegio público, pequeño y que me ha dejado muy buenos recuerdos. Allí, cada año, celebrábamos  el 8 de marzo día de la Mujer Trabajadora. En esas jornadas las chicas nos sentíamos más importantes que los chicos dentro de la clásica tensión niños y niñas, y podíamos hacerles callar con todo el derecho que la efeméride nos otorgaba.

Entre nosotras resurgían alianzas entre viejas enemigas y todas presumíamos de pulseras y accesorios varios de color morado. Sin embargo, nuestras profesoras nos recordaban que se celebraba el día de la Mujer  Tra-ba-ja-do-ra, poniendo así el acento en la lucha por los derechos conseguidos en pro de una igualdad entre hombres y mujeres, una conquista social de la que nosotras (y ya nuestras madres) gozábamos. Ese día en clase razonábamos sobre nuestras diferencias, sobre lo que quedaba por hacer,  aprendíamos cómo las mujeres que vivieron antes que nosotras no tenían oportunidad de educarse, de formarse y accedían a trabajos menos cualificados e intelectualmente menos complejos. También aprendíamos que  en otros países seguían existiendo estas diferencias y los niños de mi clase, especialmente las niñas, nos sentíamos afortunadas e indignadas frente a la mirada de escenarios tan injustos.

A pesar de este recuerdo, hoy  me siento mucho más próxima al colectivo de los autónomos que al de las mujeres que hoy salen a manifestarse, y perdonadme este salto radical.

Voy a intentar hacer una pequeña reflexión sobre este tema, desde un punto de vista  del que no me hablaron en el colegio, y que fui descubriendo por mí misma: la importancia de la relación de las mujeres con los hombres.

¡Qué ingenua fui! ¡Qué fácil me parecía todo!

Lo que nadie me contó y que tuve que ir descubriendo es que hay muchas vidas dentro de una vida, y me explico: cada mujer tiene unas necesidades diferentes dependiendo del momento vital que está atravesando, y esas necesidades articulan una relación con el sexo opuesto. Cuando era pequeña, tenía mucha más afinidad con mis amigas pero la relación con los chicos de mi clase era de camaradería, nos tratábamos como verdaderos compañeros de juegos. No nos imaginábamos un aula los unos sin los otros, y sin embargo no experimentábamos por nadie esa tensión de necesidad que luego, años más mayor, sí que empecé a sentir.

Durante la adolescencia la cosa cambió, lógicamente, y de alguna manera me mantuve unos años extremadamente preocupada por lo conveniente (por utilizar alguna palabra que se acerque a lo que sentía) que resultaba mi cuerpo y yo misma. Tuve verdaderas dudas acerca de la posibilidad de encajar con un hombre. Me obsesionaba la idea del rechazo y atribuía a mi cuerpo facultadas extraterrestres capaces de alejar al más desesperado. Con lo cual mi relación con ellos se movía entre la adoración al ser supremo que podría confirmar mi femineidad, y el terror  a que pudieran descubrir mis taras.

Con los años, y gracias a mi trabajo, he descubierto que ésta es una etapa bastante común. Muchos adolescentes necesitan pasar por su primera experiencia sexual para comprobar que funcionan. Ese paso para mí fue fundamental y marcó una etapa distinta en esas relaciones. Digamos que lo que vino después fue una etapa de liberación y acercamiento a los hombres desde muchos lados diferentes.
Sin entrar en detalles, aún pasarían bastantes años hasta que  empezara a plantearme que me gustaba estar cerca de un hombre, que me daba tranquilidad, que me aportaba confort,  y que hacía mi proyecto de vida más atractivo. Parece mentira que algo tan natural como desear estar con un hombre se haya convertido en un verdadero calvario para la mente de muchas mujeres.

Lo que descubrí y fue una liberación para mí fue que  las mujeres necesitamos de los hombres. Las mujeres, por lo menos las que nos sentimos físicamente atraídas por ellos, necesitamos aunque sea en el peor de los casos al hombre para terminar de explicarnos. Los hombres van a representar siempre un personaje dentro de la mente femenina, de alguna manera son el contrario, el yin y el yang o como se quiera ver.  Tenemos destinos entrelazados, nos guste o no.

Muchas de las mujeres que hoy salen, las que promueven esta huelga, tienen también una fuerte relación con el hombre pero mucho más perturbadora y controvertida. A veces más cercana a esa que he descrito antes, la de las adolescentes en guerra con el mundo. El hombre no es hombre, es un macho dominante y opresivo que no tiene en cuenta a la mujer y sus circunstancias. Para ellas los hombres existen a un nivel mucho más poderoso, y están muy rabiosas por ello. Las mayores contradicciones vienen de esos estados.

Pero creo, y de ahí que no me identifico con ellas ni con su lucha, que esa relación está condicionada por una conflictiva consigo mismas.

Yo no creo que las relaciones entre hombres y mujeres sean sencillas, ni de una vez para siempre. Estamos en constante evolución y nuestras relaciones también lo están. También creo que la biología nos condiciona y debemos asumirlo, pero lo que no debemos asumir y por lo que debemos movilizarnos es para que no condicione el mercado laboral.

Por mi parte sigo mi lucha, que consiste en ir entendiendo qué quiero y qué quieren mis pacientes, para poder seguir mi vida con ilusión.

Nota: quiero dejar claro que esto es una reflexión personal que no pretendo imponer a nadie mi razonamiento. Y que si alguien siente el deseo de discutirme algún punto de vista, lo haré encantada.