La película Ojos negros dirigida por Nikita Mihalkov y basada en tres cuentros de A. Chejov, está rodada en 1987, sin embargo recrea la época de principio del siglo XX. En el café de un barco, dos extraños se encuentran: uno de ellos- el italiano Romano Petroni (Marcello Mastroianni)-, desplegará la historia de su vida al tiempo que el ruso le escucha atentamente, atrapado por la magia de un personaje encantador y carismático.
Romano es un arquitecto que vive alejado de la profesión, su esposa es una rica heredera y ambos comparten una existencia plácida rodeados de sus hijos. Agobiado por la fuerza de la rutina y la decadencia en su matrimonio, Romano huye a un balneario con el pretexto de una cura para las piernas. Allí conocerá a Anna, una joven rusa que viaja acompañada por su perrito. Ambos inician una relación aparentemente inocente, apoyada en los relatos mágicos de él y la ingenuidad y la timidez de ella. Anna es más joven y vive en un pueblecito de Rusia, está casada con un hombre rico al que no ama, pero al que le es fiel. Fidelidad que rompe la noche en la que toma conciencia del peso de su felicidad con Romano. Enardecida por lo ocurrido regresa de nuevo a su casa dejando una carta de amor al pobre Romano, que a partir de ese día se da cuenta de la proporción de su amor por ella.
El objeto de amor de imposible
No hay amor más puro que el que se ha perdido. Todos los seres humanos estamos condenados a dejar atrás al primer amor, la madre. En un inicio el amor de madre es el que nos permite hacernos personas, es el resorte que más tarde nos permitirá ser autónomos. Sin embargo todos los neuróticos pagaremos un precio: la fantasía. Si cuando somos bebés disfrutamos de la placidez de sabernos reconfortados por el calor y el alimento materno, más tarde por su protección y seguridad. ¿Por qué renunciar? ¿Qué fuerza impulsora nos empuja a abandonar sus brazos y su cariño incondicional? Varias que confluyen en una: la cultura. Los hombres necesitamos salir para poder conocer otros mundos, que serán siempre subproductos en nuestra cabeza del primero, pero que irán enriqueciendo los sucesivos encuentros con otros y con nosotros mismos. El que no sale está condenado a la locura, habrá renunciado a una fantasía para abrazarse a la realidad más desoladora.
Digamos que la fantasía es como el premio de consolación, en la búsqueda de ese amor y en la confirmación de nuestra imposibilidad para poder encajar con una pareja y fusionarnos hasta caer exhaustos, la fantasía es la prueba personal de que en algún lugar es posible encontrar nuestros deseos.
Suerte que la vida a veces nos da alegrías y nos muestra que en ocasiones nos salen las cosas, y que somos capaces por un instante de ser tan valientes como un héroe mitológico. Así Romano inicia su viaje de regreso liviano -"por una vez liberado del peso de su conciencia"- vuelta a Italia a romper con un pasado en el que ahora no se ve reflejado. Con una promesa de amor por cumplir, con un deber que le hace estar vivo, sabiendo que persigue su deseo y dispuesto a hacerse con él. No es baladí que en ese momento recuerde una nana que su madre le cantaba, y que suena con la fuerza de la nostalgia en una secuencia preciosa.
Qué pena nos da a los espectadores comprobar que la realidad es un fardo pesado, y que cuesta transformarla, y que el mayor obstáculo está dentro de uno. No son los otros, ni las circunstancias, somos nosotros con nuestros miedos y nuestras dudas. Y por qué no, también con esa seguridad que adoramos encontrar en lo familiar.
Pero somos cautos y nos da reparo juzgar a Romano: pues ¿quién es libre del todo? ¿Quién sabe con profundidad qué le está pidiendo a la vida? ¿Tendría sentido dejar atrás una existencia cómoda por una incierta? Y es que: ¿Verdaderamente queremos obtener lo que deseamos?

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